El aborto es una consecuencia de la pérdida de las nociones de bien y mal. La causa está en un relativismo que niega los principios básicos del orden moral.
El derecho a la vida,
¿una mera concesión social?
El consenso universal sobre la inviolabilidad
de la vida humana inocente es una de las características más profundas de la
conciencia moral y jurídica del hombre.
Aunque las violaciones de este principio han
ocurrido desde los albores de la historia, comenzando con el fratricidio
narrado en el capítulo cuatro del Génesis, el homicidio voluntario siempre fue
considerado una aberración moral.

Como señala el Papa Juan Pablo II en su
encíclica Evangelium Vitae,
«Se está desarrollando y estableciendo un
nuevo clima cultural que da al crimen contra la vida un carácter nuevo y, si es
posible, aún más siniestro: amplios sectores de la opinión pública justifican
ciertos crímenes contra la vida en nombre de los derechos de libertad
individual, y sobre esta base reivindican no sólo la exención de castigo, sino
la autorización del Estado para que estas cosas puedan hacerse con total
libertad y la asistencia gratuita de los sistemas sanitarios».
Otro punto denunciado en Evangelium Vitae es
el relativismo moral que impregna el «nuevo clima cultural»:
«No sólo el hecho de la destrucción de tantas
vidas humanas por nacer o en su etapa final es extremadamente grave y
perturbador. No menos grave y perturbador es el hecho de que la propia
conciencia, obscurecida por un condicionamiento tan generalizado, está
encontrando cada vez más difícil distinguir entre el bien y el mal”.
El relativismo moral reinante hoy ha logrado
confundir el sentido común con respecto al valor de la vida humana; la vida y
la muerte se han convertido en cosas insignificantes. En consecuencia, millones
de seres humanos ‒los no nacidos‒ terminan su breve existencia en los
recipientes de basura de clínicas de aborto o en laboratorios de investigación.
A juicio de los defensores del aborto libre,
la nueva vida humana en el útero no es más que un «material biológico
potencialmente humano».
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Millones de seres humanos terminan su breve existencia en los recipientes de basura de clínicas de aborto o en laboratorios de investigación |
Él o ella es una vida desde el punto de vista
biológico, pero no desde el punto de vista cultural y filosófico. De esto se
deduce que suprimir la vida de un feto es suprimir una vida biológica, no
humana.
Para proporcionar un fundamento filosófico a
esta noción absurda, los teóricos del aborto recurren al relativismo
filosófico, afirmando que no existe la naturaleza humana inmutable.
El ser humano y la persona humana, dicen, no
son más que conceptos históricos y filosóficos, que no corresponden a ninguna
verdad objetiva, simplemente porque la verdad objetiva no existe. Todo es
subjetivo. Por lo tanto, ser y persona son nociones relativas que pueden
definirse arbitrariamente, como las reglas de un juego.
Y esas nociones experimentan el mismo proceso
de evolución que la cultura y la gente.
«De esta manera ‒señala Juan Pablo II‒ se
pierde toda referencia a los valores comunes y a una verdad absolutamente
vinculante para todos, y la vida social se aventura en las arenas movedizas del
relativismo completo. En ese punto todo es negociable, todo está abierto a la
negociación: incluso el primero de los derechos fundamentales, el derecho a la
vida”.
Como consecuencia de concepciones tan
erróneos, la vida del más débil y más inocente de los seres humanos, el
conceptus, queda a merced de los más fuertes, de los padres y del Estado.
Juan Pablo II se refiere a las consecuencias
del relativismo:
«Resultado siniestro de un relativismo que
reina sin oposición: el ‘derecho’ deja de ser tal, porque ya no está firmemente
fundado en la dignidad inviolable de la persona, sino que queda sometido a la
voluntad de la parte más fuerte. De esta manera, la democracia, contradiciendo
sus propios principios, se mueve efectivamente hacia una forma de
totalitarismo”.
Ahora bien, la vida de todo ser humano debe
ser respetada por lo que es, no por una mera concesión social, pues todo
individuo humano es titular de un derecho objetivo, primario e inalienable a la
vida.
Derecho inalienable a
la vida
Esto es lo que afirma el Magisterio de la
Iglesia al enseñar que:
«Hay precisamente un cierto número de
derechos que la sociedad no está en condiciones de otorgar, ya que estos
derechos preceden a la sociedad; pero la sociedad tiene la función de
preservarlos y hacerlos valer”.
«El primer derecho de la persona humana es su
vida. Tiene otros bienes y algunos más preciosos, pero éste es fundamental: es
la condición de todos los demás, por lo que debe ser protegido sobre todos los
demás.
«No le pertenece a la sociedad, ni a la autoridad
pública, en ninguna forma reconocer este derecho para algunos y no para otros”.
El respeto de la vida humana inocente es una
limitación moral de la cual nadie puede ser liberado. Se trata, pues, de un
principio que no admite excepciones ni presunciones legitimadoras.
En otras palabras, ningún pretexto, ya sea
ventaja personal, defectos genéticos, el derecho de otra persona, la salud, la
vida de una madre o el honor manchado, o la supuesta superpoblación, puede
justificar moralmente el aborto adquirido.

Escribe el Papa en Evangelium Vitae:
«Ninguna circunstancia, ningún propósito,
ninguna ley puede jamás hacer lícito un acto intrínsecamente ilícito, ya que es
contrario a la Ley de Dios que está escrita en todo corazón humano, reconocible
por la razón misma, y proclamado por la Iglesia”.
Este abominable crimen será siempre
condenable, independientemente de su extendida y espantosa práctica. Incluso la
aprobación del aborto por una mayoría de la población no podrá justificarlo.
La verdad no puede ser medida por la opinión
de la mayoría, afirma Juan Pablo II:
«Ciertamente, un cambio de mentalidad en la
gente con respecto a la naturaleza humana no puede de ninguna manera justificar
el aborto. Más bien, sólo mostraría el grado y la profundidad de un fenómeno
trágico: el embotamiento general del sentido moral”.
Agrega el Pontífice:
«La democracia no puede ser idolatrada hasta
convertirla en un sustituto de la moral o una panacea para la inmoralidad».
Pero, siendo relativistas, los abortistas no
pueden dejar de ser contradictorios.
La incongruencia más estridente es
observable, una de ellas es que ningún defensor del aborto aceptaría jamás
sufrir lo que están dispuestos a hacer sufrir al feto. Ellos tienen razón con
respecto a sí mismos. Están totalmente equivocados con respecto al nonato.
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